Película Willow

14 septiembre 2010

De todos es sabido que la literatura ha alimentado al mundo del cine en numerosas ocasiones. La adaptación de material literario es una constante en los argumentos cinematográficos y los debates generados a tal efecto nutren páginas y páginas además de crear unos debates harto interesantes entre el personal especializado y el aficionado de a pie. Las fuentes y las ideas de los guionistas transitan entre los géneros a una velocidad encomiable, adaptando cualquier producto que sea trasladable a imágenes.

Concretamente, en la década de los 80 algunos guionistas se aferraron al filón del género de la fantasía épica en el que escritores de la talla de Robert E. Howard, Poul Anderson o el mismísimo J. R. R. Tolkien estaban presentes de una manera u otra en los argumentos que se presentaban a unas plateas ávidas de nuevos universos. Fue la época del Excalibur(1981) de John Boorman, inspirado en la obra de Sir Thomas Malory, del díptico de Conan el Bárbaro ofrecido por John Milius en su primera parte y por Richard Fleischer para la segunda; de Krull(1983) de Peter Yates, donde se ofrece una mezcolanza de cine de «capa y espada» con tintes de space opera; de la saga de Highlander(1986) de Russell Mulcahy con la música y las canciones de Queen y la siempre brillante presencia de Sir Sean Connery, o del fiasco de Legend(1985) de Sir Ridley Scott y de la estimulante Lady Halcón(1984) de Richard Donner.

La lista puede ampliarse con muchos títulos más, como los subproductos de infausto recuerdo de luchadores bárbaros creados a la sombra del personaje y el universo del norteamericano Robert E. Howard “Conan”, ofrecidos por la cinematografía italiana. Con todo ello, el subgénero de «capa y espada» creado en años anteriores sufrió una derivación hacia el «de espada y brujería», retroalimentado por toda una serie de factores que comprendían desde el Medioevo a la mitología, pasado por el filtro -en algunos casos- del cine de terror y el cine de ciencia-ficción.

Un hecho que se ha prolongado hasta la actualidad con películas como El señor de los anillos de Peter Jackson o en el ámbito literario, como la famosa saga de Canción de Hielo y Fuego de George R. R. Martín, que no es otra cosa que un brillante compendio del clásico juego de tronos en el que sus fuentes transitan desde Shakespeare hasta las guerras europeas de siglos pretéritos.

Llega el momento, pues, de centrarnos en el año 1988. George Lucas, creador de las famosas series de Star Wars e Indiana Jones, llevaba meditando desde los años 70 confeccionar una nueva saga de similares características pero enmarcándola en el subgénero de «espada y brujería». Cuando las técnicas avanzaron lo suficiente para dar forma a los efectos visuales que precisaba Lucas creó Willow, un cuento pseudo-medieval poblado de brujas, héroes, enanos, poderes mágicos y una tierna infante -con algunas ínfulas de Blancanieves- portadora de una profecía bajo el brazo.

George Lucas, según mi criterio, mejor productor y argumentista que director de cine, optó esta vez por ofrecerle el proyecto a un actor infantil en los años 50 que había llegado a protagonizar una de sus películas, American Graffiti (1973). Su nombre, Ron Howard, quien había debutado en la dirección cinematográfica en 1977 de la mano de Roger Cormancon Loca escapada a Las Vegas, en la que aparte de dirigir, escribió el guión y protagonizó su propia opera prima. Posteriormente dirigió algunos telefilmes y volvió a la pantalla grande en 1982 con Turno de noche.

Una vez comprobado por parte de Lucas que el nuevo director ofrecía en sus películas una cierta habilidad narrativa y que sus siguientes proyectos 1,2,3...Splash y Cocoon, contenían las dosis necesarias de producto bien manufacturado y dirigido al gran público como un puro entretenimiento, vio en el director de Oklahoma a la persona ideal para llevar a término un proyecto repleto de extractos escogidos de la obra de Tolkien, El señor de los anillos (sustituyendo al anillo por un niño) y que sin entrar en los matices de aquella, lograría insuflar en la película la coherencia y el suspense necesarios para ofrecer una historia con un discurso lleno de coraje, valentía y cargado de positivismo, ya que en su estructura argumental había poco más que la típica y tópica historia de la lucha entre el Bien y el Mal.

Con ese material ajeno -normalmente él nunca escribe sus guiones-, Ron Howard construye una película efectiva que no da respiro y que está llena de variantes argumentales que aseguran la emoción dentro de sus ambientes decididamente fantásticos gracias a la brillante energía narrativa que le otorga al film, independientemente de lo manido de la propuesta.

No obstante, y a pesar de que inicialmente Willow se muestra como un producto sobrealimentado de buenas intenciones fílmicas, ayudadas por un derroche de medios afines a la naturaleza del proyecto, no podemos dejar de notar en la película demasiadas similitudes con Star Wars.

Es cierto que el prólogo de la película nos muestra con inusitada sobriedad para ser una película de Ron Howard el oscuro palacio de la malvada bruja Bavmorda donde se iniciará la profecía. Pero su continuación con la consiguiente persecución nos retrotrae a la memoria el inicio de Episodio IV: Una Nueva Esperanza (1977). Así como el inevitable y muy similar (dibujo de personajes incluido) periplo itinerante en la búsqueda de los secretos de la magia -sustituyendo en esta ocasión a «La Fuerza».

Además, la aventura enfrentará a los personajes con la citada Bavmorda (una Jean March que compone una villana ejemplar), que personifica los artes ocultos de la Magia Negra (prolongación o antecesora del Darth Vader/«Lado Oscuro» en la saga galáctica). Incluso el villano de la función lleva una máscara, asemejándose de ese modo al progenitor de Luke Skywalker. Como ese poblado de los Newlyn, lleno de color, alegría, cantos y música recordándonos muchísimo al de los Ewoks.

Otra similitud, y que se utiliza en algunos momentos como recurso narrativo es el método de las «cortinas» (corriendo la imagen) para pasar así de una situación a otra y que le confiere a la película ese aire de folletín o serial tan querido por George Lucas del que asimismo se proveyó para su saga galáctica.

No obstante, dejando al margen estos factores, encontramos en Willow otros que no dejan de resultar interesantes y que le otorgan a la película ese tono simpático y agradable que ha supuesto un paréntesis de brillantez imaginativa en la carrera de Ron Howard, aunque la película se sitúe en los comienzos de una carrera que con el tiempo ha derivado hacia propuestas más adultas y supuestamente más prestigiosas despertando curiosidad, desprecio e indiferencia a partes iguales.

En el capítulo de avances técnicos, Willow representó uno de los primeros largometrajes en utilizar detallados gráficos por ordenador para representar personajes, concretamente en los efectos especiales de transformación de un objeto en otro de forma fotorrealista (morphing), como la secuencia en la que Willow usa la varita mágica para acabar con un trol o cuando un tablón de madera de un puente se petrifica.

En definitiva, Willow mezcla de forma complaciente acción, aventura, romance y fantasía y se permite además lanzar un mensaje subliminal al público para que sepa reconocer (mesianismos aparte) el auténtico valor de las cosas a través de la transmisión de la sabiduría. Ahí es nada.

Artículo de: estamosrodando.com

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